La muerte de un dictador

El fallecido Dictador pasa revista a las tropas.
El 10 de diciembre de 2006 será un día memorable.
Una fecha que pasará a la posteridad.
Una jornada que se grabará en los anales de la Historia.
Y ¿por qué? Os preguntaréis…
Porque hoy el Mundo ha presenciado la muerte de uno de los últimos ejemplares de una especie que ha torturado al pueblo con su yugo dictatorial. Ocurrió el 27 de Julio de 1970 con Antonio de Oliveira Salazar (Portugal); el 20 de Noviembre de 1975 con Francisco Franco (España)…
Y hoy, Augusto Pinochet por fin ha muerto.
Y digo por fin porque este hombre mató a tantas, tantas, tantísimas personas cuando estuvo al poder en Chile, que familiares, amigos y la gran mayoría de los ciudadanos chilenos (así como innumerables personas en el resto del Mundo) estaban ansiosos de presenciar su desaparición. Yo me incluyo en este sector de opinión.
Este señor (más que señor, engendro, ya que llamar ’señor’ a Pinochet es devaluar este nombre) se rió de los chilenos durante toda su vida. Mientras estuvo en el poder; mientras estuvo en las sombras del Gobierno que lo siguió; e incluso mientras estuvo convaleciente de su enfermedad.

El Papa, de visita oficial en Chile, con Pinochet a su lado.
Continuamente, este sujeto se libró de ingresar en la cárcel por motivos obvios: corrupción, extorsión, chantaje, amenazas a jueces, políticos, policías, funcionarios. Qué se puede esperar de alguien así, claro.
Por fin, repito, este retorcido ser ha dejado de habitar en este Mundo. Demos las gracias al ataque de corazón que ha conseguido derribarle.
Sólo espero una cosa, y es que, si existe el Cielo y el Infierno, como yo creo, arda en las más profundas simas del Averno hasta el fin de los tiempos, purgando cada una de las vidas inocentes que arrebató con sus garras de maldad incomparable.
Ruego a los creyentes que no malgasten sus rezos con él. A parte de que no sería ético usar saliva para tan bajo fin, no creo que ni la más poderosa oración pudiera salvar a esta alma corrupta de su inevitable destino.
Gracias, saludos.
Evan






